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Los latidos de mi negro corazón

Veintiocho de marzo

Sobre las cuatro treinta de la tarde me iba a enfrentar a la decisión más importante de mi vida. No sabía qué vendría después de ello, si ganaría o perdería, solo sabía que debía ser valiente para enfrentarlo. La vida se resume en cada momento en el que fui valiente por tenerte y esa tarde de clima tranquilo y poco soleado, se juntaron mis mañanas, tardes y noches de valentía. Un pequeño guiño recibido fue el verte allí de pie, acelerada y hermosa como siempre. Mientras desorientado seguía los pasos de quien a veces consideraba verdugo, un grupo distraído de extranjeros intentaban comunicarse asertivamente y lo que siempre había estado en mi cabeza como algo que podría pasar estaba a punto de iniciar. ¿Qué es lo que quiere?¿Qué es lo que desea? Decía mi interlocutor en lo que yo solo imaginaba como afilaba su espada para desprender mi cabeza. Con más temor que palabras empecé mi intervención recordando el verde de tus ojos, el verde que significa esperanza y libertad. Hable… ¿Qué es lo que quiere? ¿Qué es lo que desea? Preguntó por segunda vez mientras ponía sus manos en su máscara listo para la acción. Titubeé, pero empecé, seguí y avancé. Me llené de valor y por primera vez en mi vida le hablé de ti. El titubeo se convirtió en una clara voz entrecortada. Aún así lo dije, por primera vez en mi vida le hablé de ti.

Le dije lo maravillosa que eras.
Lo encantado que estaba cuando sonreías.
Lo delirante que podía ser para mi tan solo escucharte.
Y el ritmo de mi corazón al tocarte.

Le descubrí mi corazón completamente.
Me desnudé ante su mirada y como si se tratara de una broma inesperada, el verdugo no usó su máscara ni su espada…

Al contrario, sentí su sonrisa complaciente
Al contrario, sentí su abrazo amigable
Al contrario, sentí su consejo amable

No morí ese día aunque muerto estaba ya, pero él me levantó, me animó y me declaró lo que había en su corazón.

¡Wow! No lo podía creer… de hecho, aún sigo sin poderlo entender y en la más eterna gratitud con aquella tarde un de clima tranquilo y poco soleado, sin pensarlo demasiado empecé a escribir “Señor, su hija me encanta…” carta abierta que me ha robado el corazón y el suyo a la vez.

Nunca más habrá un veintiocho de marzo como aquél, aunque sí me gustaría que ocurriera porque encontré que los verdugos fácil, rápida y sorpresivamente se pueden convertir en tus amigos.

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